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Depredación-Evolución


Un Estudio Muestra la Relación Depredación-Evolución
3 de Octubre de 2007.

Tomado de: http://www.amazings.com/ciencia/noticias/031007e.html

Consultado:24-05-14: 10:13 a.m

Foto: John Warren HuntleyEl registro fósil parece indicar que la diversidad de criaturas marinas se ha elevado y ha decrecido durante cientos de millones de años en clara correlación con la presión ejercida por sus depredadores, según un nuevo estudio realizado por expertos del Instituto Tecnológico de Virginia (Virginia Tech).


Durante décadas ha existido un fuerte debate entre paleontólogos, biólogos y ecólogos acerca del papel de las interacciones ecológicas, tales como la depredación, en las pautas seguidas por la evolución animal a largo plazo.

John Warren Huntley y Micha Kowalewski decidieron estudiar la importancia de la ecología escarbando en la literatura científica en busca de incidentes de depredación en los invertebrados marinos, como las almejas y sus parientes.

Hoy, algunos depredadores dejan marcas fáciles de identificar sobre las conchas de sus presas, como agujeros limpios y redondeados. Tales agujeros taladrados por los depredadores pueden ser encontrados también en las conchas fósiles.

Los investigadores también buscaron cicatrices en las conchas de las criaturas que sobrevivieron a un ataque.

El estudio fue realizado a partir del análisis de los datos aportados por estudios que informasen sobre la frecuencia de agujeros taladrados y de cicatrices en las especies fósiles de los últimos 550 millones de años.

En primer lugar, Huntley y Kowalewski encontraron que la depredación se incrementó notablemente hace unos 480 millones de años, unos 50 millones de años más temprano que lo sugerido por estudios anteriores. Los estudios más antiguos se basaban en los cambios en la morfología (depredadores con mandíbulas y garras más fuertes, y presas con conchas más ornamentadas). En el nuevo estudio, los investigadores se centraron en la frecuencia de los ataques, los cuales se incrementaron unos 50 millones de años antes de que aparecieran los cambios en las estructuras que ejercen de armadura.

Pero el descubrimiento más notable ha sido la observación de que la incidencia de agujeros taladrados y cicatrices presenta un fuerte paralelismo con la curva de diversidad de Sepkoski para los invertebrados marinos. Esta curva de diversidad, elaborada por el fallecido Jack Sepkoski, de la Universidad de Chicago, registra el origen y la extinción de géneros de animales marinos a través de los últimos 540 millones de años.

 


Los investigadores ofrecen tres hipótesis rivales para explicar la correlación.

La primera hipótesis es que la intensidad de la depredación pudo estar dirigiendo la diversificación. En este caso, las interacciones ecológicas podrían ser de especial importancia para la evolución. Los organismos evolucionan a largo plazo en respuesta a sus enemigos. Y si se incrementa la intensidad de depredación, más especies evolucionarán.

La segunda hipótesis es que a medida que la biodiversidad se elevó, evolucionaron los depredadores con estrategias de alimentación más complejas. Las técnicas sofisticadas de depredación, como la de taladrar y abrir las conchas, están más guiadas por la evolución que las formas de depredación más primitivas, como la ingestión de invertebrados enteros. En este escenario, cabe esperar que evolucionen formas sofisticadas de depredación sólo cuando la diversidad es alta.

Y la tercera hipótesis es que existe una desviación engañosa de datos que influye sobre las probabilidades de los investigadores para encontrar muestras con altas intensidades de depredación. Algunos períodos tienen más rocas sedimentarias, y por ende más fósiles preservados que otros períodos. Así pues, se observará menos diversidad cuando haya menos fósiles que estudiar, y se puede llegar a conclusiones equivocadas.

Ahora, los investigadores tratarán de comprobar estas hipótesis.

para leer más:

Hallazgo clave en el proceso de fotosíntesis

 

Tomado de: http://www.mincyt.gob.ar/noticias/hallazgo-clave-en-el-proceso-de-fotosintesis-9902

Consultado el 12 de abril de 2014. 6:03 p.m.

Científicos argentinos descubrieron una nueva forma por la que el cloroplasto, encargado de la fotosíntesis, afecta la expresión de genes frente a la variación en las condiciones de luminosidad.

Hallazgo clave en el proceso de fotosíntesis

(izq. a der.) Micaela Godoy Herz, Lino Barañao y Alberto Kornblihtt durante la presentación.

El ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Dr. Lino Barañao, encabezó la presentación del Dr. Alberto Kornblihtt,  sobre el descubrimiento de un nuevo mecanismo que interviene en la regulación de la respuesta de las plantas a la luz. Esta investigación, realizada por su equipo del Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias (IFIByNE) dependiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y la Universidad de Buenos Aires (UBA), fue publicada hoy en la revista Science. El paper, destacado por la prestigiosa publicación científica, lleva las firmas de sus primeros autores el Dr. Ezequiel Petrillo, quien se encuentra realizando un postdoctorado en Max F. Perutz Laboratories de la Universidad de Viena, Austria, y la becaria de doctorado Micaela Godoy Herz del IFIByNE.

Barañao: “En una década se ha multiplicado por cien la cantidad de publicaciones de argentinos en revistas científicas de primer nivel”. “Afortunadamente podemos mostrar que la ciencia íntegramente realizada en Argentina es altamente competitiva” finalizó el titular de la cartera de Ciencia.

Al respecto, el titular de la cartera de Ciencia aseguró que “en una década se ha multiplicado por cien la cantidad de publicaciones de argentinos en revistas científicas de primer nivel”  y agregó que “antes para que un investigador publicara tenía que ir a trabajar a otro país o hacer una cooperación con institutos de investigación extranjeros”. Para finalizar, el ministro Barañao expresó que “afortunadamente podemos mostrar que la ciencia íntegramente realizada en Argentina es altamente competitiva”.    

La fotosíntesis, el proceso a través del cual las células de las plantas y algas transforman sustancias inorgánicas en orgánicas a través del uso de energía luminosa, es un mecanismo que fue descripto en profundidad a partir del siglo XIX. Sin embargo, hasta ahora se desconocía que la fotosíntesis también sensa la luz para controlar al núcleo de la célula vegetal y regular cuántas proteínas distintas puede fabricar cada uno de sus genes, en respuesta a diferentes condiciones de luz/oscuridad.

Los investigadores demostraron que este sensor que manda la señal al núcleo es el cloroplasto, la organela encargada de la fotosíntesis. “Al ser iluminadas, las plantas cambian el splicing alternativo de diversos genes respecto de lo que ocurre en oscuridad”, comenta Alberto Kornblihtt, investigador superior del CONICET en el IFIBYNE, profesor en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN-UBA) y director del estudio.

Frente a las variaciones en la intensidad de la luz, el cloroplasto envía una señal al núcleo de la célula, que modifica el splicing alternativo de un gen y desencadena una serie de respuestas en la planta.

El splicing alternativo es el mecanismo por el cual se pueden obtener distintas proteínas a partir de un mismo gen a través del corte y pegado selectivo de secciones del Ácido ribonucleico (ARN) mensajero, que es el “molde” de la información contenida dentro del gen.

El equipo descubrió que la señal generada por el cloroplasto afecta las proporciones de los tres ARN mensajeros (ARNm1, ARNm2 y ARNm3) obtenidos a partir del splicing alternativo de un gen en particular. Mientras que las formas 2 y 3 son retenidas en el núcleo, el ARNm1 pasa al citoplasma de la célula, donde es traducido a la proteína At-RS31.

Justamente, la señal que envía el cloroplasto al núcleo aumenta la proporción del ARNm1 y por lo tanto de la proteína. Esta señal deja de enviarse durante grandes períodos de oscuridad o de baja intensidad lumínica, y como resultado las plantas sufren cambios importantes: son más pequeñas, amarillentas y en ellas la clorofila se degrada más rápidamente. “Es decir que son menos resistentes a condiciones adversas”, comenta Ezequiel Petrillo, primer autor del estudio.

Si bien los investigadores continúan estudiando sobre qué mecanismos celulares actúa At-RS31, sí se conoce que esta proteína es un factor de splicing, es decir que actúa y modifica el splicing alternativo de otros genes. “Esta regulación es importante para la planta, ya que si se interrumpe este proceso tiene serias dificultades para crecer y desarrollarse bien; no en ciclos normales, sino en situaciones extremas ya sea de luz u oscuridad prolongadas”, analiza Kornblihtt.

Pero además durante el estudio los investigadores demostraron que la señal emitida por el cloroplasto puede viajar desde las hojas hasta las raíces, cuyas células no tienen esta organela, y modificar el splicing alternativo que ocurre en sus núcleos. “La señal generada por el cloroplasto en respuesta a la luz en las hojas es capaz de comunicarle a los tejidos no fotosintéticos -como la raíz- la misma información, gatillando cambios similares en la expresión génica de estos tejidos distantes”, detalla Petrillo.

Entre el 2003 y el 2011, el equipo de investigación recibió subsidios de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, dependiente de la cartera de Ciencia, por un total de $3.462.548. También recibieron aportes del CONICET, la Universidad de Buenos Aires, el Howard Hughes Medical Institute y la Red Europea de Splicing Alternativo (EURASNET).

 

Historia evolutiva

Kornblihtt explica que los cloroplastos eran originariamente bacterias fotosintéticas y que hace aproximadamente 1.500 millones de años fueron incorporados a otras células ya existentes, con las cuales establecieron una relación simbiótica.

Hasta ahora se conocía que el cloroplasto provee a la célula la capacidad de hacer fotosíntesis; sin embargo la descripción de su rol como sensor de la intensidad de luz y su regulación del splicing alternativo de genes abre la puerta a investigaciones futuras.

“Ya no basta con saber qué genes están prendidos o apagados en células animales y vegetales”, enfatiza Kornblihtt, “en el caso de aquellos que están encendidos, hay que conocer qué variante de la proteína producen y en qué condiciones para poder determinar su rol”.

 

Autores de la investigación

- Ezequiel Petrillo. Instituto Max F. Perutz, Universidad Médica de Viena. Austria.

- Micaela A. Godoy Herz. Becaria doctoral. IFIBYNE.

- Armin Fuchs. Instituto Max F. Perutz, Universidad Médica de Viena. Austria.

- Dominik Reifer. Instituto Max F. Perutz, Universidad Médica de Viena. Austria.

- John Fuller. Instituto James Hutton, Invergowrie. Universidad de Dundee. Escocia.

- Marcelo J. Yanovsky. Investigador independiente. Instituto de Investigaciones Bioquímicas   de Buenos Aires. Fundación Instituto Leloir.

- Craig Simpson. Instituto James Hutton, Invergowrie. Universidad de Dundee. Escocia.

- John W. S. Brown. Instituto James Hutton, Invergowrie. Universidad de Dundee. Escocia.

- Andrea Barta. Instituto Max F. Perutz, Universidad Médica de Viena. Austria.

- Maria Kalyna. Instituto Max F. Perutz, Universidad Médica de Viena. Austria.

- Alberto R. Kornblihtt. Investigador superior. IFIBYNE.